martes, 12 de agosto de 2014

En una calle en la que las casas estaban medio derruidas, entre gente que no conocía en una ciudad que no pisaba desde hacía, por lo menos, diez años. Mojada de pies a la cabeza, con la esperanza hecha añicos por esos golpes que te da la vida, probablemente previsibles pero inevitablemente dolorosos. Yo, además, siempre he sido partidaria de hacer caso a los consejos después de darme el golpe contra la piedra.

En uno de esos momentos en los que el corazón se te está haciendo tan grande que te aprisiona por dentro (o tan pequeño que parece que no corre sangre en las venas) y sientes lo mismo que si te agarraran del cuello con fuerza y no te dejaran respirar hasta que no se derrama la primera lágrima. Supongo que no soy la primera, ni la última que pasará por ello. Tampoco sé qué tipo de consejo dar para sobrellevarlo más suavemente, porque, como ya he dicho, los consejos no son lo mío. Quizás en otra vida.

Yo siempre he preferido la escuela de “primero lo hago, luego reflexiono” y es que hay ciertas cosas que se deben experimentar en primera persona para luego saber elegir. Yo no sé si tú fuiste experiencia que había que vivir para luego decirte que no o la reflexión la hice  después de sacarme de dudas.

Ese mismo día, cuando tus ojos consiguieron delimitar todo tu alrededor excepto mi figura, creí de verdad haberme vuelto invisible. Dudé de mi propia existencia. De la sangre que ardía, de la sal de mis ojos, de mi propio espíritu. Creí haberme vuelto fantasma hasta que alguien colocó un soporte, no sabría cómo definirlo para que quien esté leyendo estas líneas entendiera cómo me sentí yo. Fue algo que me protegió suavemente de las garras de lo oscuro que es el olvido. Podría decirse que alguien que no podía estar allí en ese momento me envió un ángel de la guarda terrenal para que éste hiciera su trabajo, llevara a cabo una misión. Lejos de milagros y teologismos apareció ese alguien que me salvó y que hizo sentirme inmensamente afortunada.




Me declaro perdidamente agradecida de aquel desconocido que ese día consiguió hacerme más visible que las mil personas que se arremolinaron en ese rincón del mundo.

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