martes, 12 de agosto de 2014



“Ah, la vida es una mierda.

Mi acudiente, muy amablemente, me llevó al aeropuerto. Nos despedimos con un abrazo y mientras se lo daba me di cuenta de que mi cariño por ella era tan grande como mi lástima.
                Mis padres me estaban esperando con una sorpresa: no volvería al internado. Ahora iba a estudiar en un colegio seglar, pequeño, mixto, que quedaba en las afueras. Un colegio moderno, con innovaciones pedagógicas. Adiviné lo que eso quería decir: para alumnos problemáticos, me pareció una magnífica noticia.

                Mis hermanos, que habían crecido varios centímetros, me miraron como a una extraña, aunque trataron de disimularlo. Lo comprendí hasta cierto punto cuando entré a mi cuarto y en el espejo de cuerpo entero me vi desnuda por primera vez en un año: era yo, claro. Pero, cómo negarlo, era otra”.

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