“Ah,
la vida es una mierda.
Mi acudiente, muy amablemente, me llevó al aeropuerto. Nos
despedimos con un abrazo y mientras se lo daba me di cuenta de que mi cariño
por ella era tan grande como mi lástima.
Mis padres me estaban esperando
con una sorpresa: no volvería al internado. Ahora iba a estudiar en un colegio
seglar, pequeño, mixto, que quedaba en las afueras. Un colegio moderno, con
innovaciones pedagógicas. Adiviné lo que eso quería decir: para alumnos
problemáticos, me pareció una magnífica noticia.
Mis hermanos, que habían crecido
varios centímetros, me miraron como a una extraña, aunque trataron de
disimularlo. Lo comprendí hasta cierto punto cuando entré a mi cuarto y en el
espejo de cuerpo entero me vi desnuda por primera vez en un año: era yo, claro.
Pero, cómo negarlo, era otra”.
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