martes, 5 de noviembre de 2013

Y al otro día, quiéreme.

Creo que nunca una canción me ha sacudido tanto el alma.
 Se podría decir que depura,
engancha, 
atrae,
reinicia, 
calma,
desestresa,
emociona.


"Relajémonos y pongamos música. 
De pronto, abalancémonos como bestias indómitas. 
Mordámonos, toquémonos, gritémonos. 
Permitámonos que todo sea valido. 
Y sin parar, follémonos. 

Follémonos hasta quedar afónicos, 
follémonos hasta quedar escuálidos. 
Y al otro día, quiéreme. 
Unamos nuestro caminar errático descubramos restaurantes 
asiáticos, compartamos películas, 
celebremos nuestras onomásticas regalándonos fruslerías 
simbólicas. 
Comprémonos un piso. Hipotequémonos. 
Llénenoslo con electrodomésticos y regalémosle nueve 
horas periódicas a trabajos insípidos que permitan llenar el frigorífico. 
Y mientras todo ocurra, solo quiéreme. 
Continúa queriéndome mientras pasan hespiditas las 
décadas dejando que nos arrojen al hospital geriátrico. 
Inválidos, mirándonos sin más fuerza ni dialogo que 
el eco de nuestras vacías cáscaras. 
Quiéreme para que pueda decirte cuando vea la sombra 
de mi lápida 
Ojalá, ojalá como dijo aquel filosofo, el tiempo sea 
cíclico y 
volvamos reencarnándonos en dos vidas idénticas y 
cuando en el 
umbral redescubierto de una noche de miércoles 
pretérita tras 
chocarme contigo, girándote, me digas: uy, perdóname, 
ruego que 
permita al Dios autentico que recuerde el futuro de 
este cántico, y 
anticipándolo, pueda mirarte directo a los ojos y 
conociéndolo muy 
bien, sabiendo el de venir de futuras esdrújulas, 
destrozando de un 
pisotón mi brújula te diga: Solo quiéreme". 

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