martes, 4 de noviembre de 2014

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Está llegando el invierno terroríficamente rápido. Me he dado cuenta cuando, al levantarse de la cama, ha arrojado una brisa sobre mis clavículas y éstas se han estremecido haciendo de la única sábana que nos cubría un revoltijo de dudas y perífrasis que ayer nos dijimos a los ojos y a la boca, pero no a los oídos. Queda también alguna migaja que no quisimos decir pero se nos escapó mientras dormíamos. Llega el invierno de la noche a la mañana, y parece que dice, mientras lo veo, maquillado de odio y rencor tras el fino cristal que da a la calle algo así como: “jódete, no has tomado las decisiones que debías y aquí estoy, dispuesto a incrustarme en tus huesos para que no pegues ojos en estos cuatro meses”.

Y con la misma cara que pones cuando te cantan un cumpleaños feliz delante de toda la clase del colegio me quedo yo sobre su cama. Con cara de gilipollas.


Me vuelvo hacia el otro lado de la cama y oigo sus pasos que vuelven hasta que puedo seguirlos con la mirada. Ha vuelto el invierno, y esta vez, estoy muerta de miedo.



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