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Está
llegando el invierno terroríficamente rápido. Me he dado cuenta cuando, al
levantarse de la cama, ha arrojado una brisa sobre mis clavículas y éstas se
han estremecido haciendo de la única sábana que nos cubría un revoltijo de
dudas y perífrasis que ayer nos dijimos a los ojos y a la boca, pero no a los
oídos. Queda también alguna migaja que no quisimos decir pero se nos escapó
mientras dormíamos. Llega el invierno de la noche a la mañana, y parece que
dice, mientras lo veo, maquillado de odio y rencor tras el fino cristal que da
a la calle algo así como: “jódete, no has tomado las decisiones que debías y
aquí estoy, dispuesto a incrustarme en tus huesos para que no pegues ojos en
estos cuatro meses”.
Y
con la misma cara que pones cuando te cantan un cumpleaños feliz delante de
toda la clase del colegio me quedo yo sobre su cama. Con cara de gilipollas.
Me
vuelvo hacia el otro lado de la cama y oigo sus pasos que vuelven hasta que
puedo seguirlos con la mirada. Ha vuelto el invierno, y esta vez, estoy muerta
de miedo.

Buenísimo, me ha gustado mucho. Me ha parecido un relato muy potente.
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